EMILY HUNSBERGER: Odas corporales



Odas corporales

Dedicadas a Daniela Becerra



Oda a mi panza

No tengo memoria de cómo eras al principio, cuando ni siquiera me daba cuenta de que eras parte de mí. Tu cicatriz redondita era un eslabón de la cadena materna infinita. Tampoco recuerdo exactamente cuándo se inició la etapa de tu perseverancia, siendo mal percibida, escrutada con desdén y a veces fotografiada; lo cual me permite comprobar ex post facto que eran palpables todos tus elementos sanos y acolchados. Fui envenenada por criterios ajenos. Te encontré defectos, te ejercité con desprecio. Sin embargo, emprendiste unos esfuerzos heroicos cuando nos tocó albergar a un pequeño ser. Tú obrabas día y noche, respondiendo al impulso de la levadura que llevábamos dentro. Después, poco a poco te recogiste, sin fijarte nunca en la palabra volver. Para ti era simplemente una evolución. Ya experimentada, célula por célula, te estiraste nuevamente con gracia, y sin ningún tropiezo. En las últimas semanas te vestiste de unas rayas moradas. Analizo tu presente evolución, deseando que tu arcilla se hubiese secado en el pasado. Ahora pareces una ola acumulando materia en permanente arrugado quiebre contra la orilla inferior. Incluso la antes redonda cicatriz es un guiño de anciana. Nunca quedaste fija, jamás quedarás así. Te sabes respetar aun cuando yo no. Y ahora hay otros dos contornos redondos y rebosantes de la buena vida, sujetos de mi adoración. Me obligan a pensar, por el amor de Dios, debo adorarte también.



Oda a mis hemorroides

escrita mientras mi hija se negaba a ponerse los zapatos



Cuando cayeron las primeras lágrimas de sangre

como un milagro católico

a la taza de agua bendita,

me mortifiqué.

Estaba segura de que era presagio de alguna plaga

o la muerte.

Pero al asomarse, ustedes

proclamaron un nacimiento sagrado.

Un verdadero, varicoso Juan el Bautista

bautizando con sangre en el nombre de

la progesterona.

Ahora son como tatuajes de alto relieve

de los nombres de mis hijos

a flor de piel en un lugar oculto.



Oda al suelo de mi pelvis

Una hamaca donde se acurruca todo lo necesario

para la vida y el amor.

Un músculo marioneta cuyos hilos están atados a

la respiración, el esfuerzo y el descanso.

El eje del organismo en movimiento. Si el suelo es donde pisamos,

donde bajamos el ancla,

¿por qué no me contaron de

tu particular gravedad

hasta después del sismo del parto?

Las placas de desplazaron y

la tierra previamente firme se volvió susceptible

a fenómenos antiguamente inocuos

como estornudos y risas.

Tuvimos que dedicar cuatro meses a

sentadillas sincronizadas

con inhalaciones y exhalaciones

para evitar que la brisa de un estornudo

desatara un pequeño diluvio.



Oda a mis senos

escrita desde los márgenes de la cancha mientras mi hijo practicaba fútbol



Al asomarse, ustedes eran como

los bultos proyectados

desde el hueco de una bolsa

en la que un gato y un ratón

están atrapados, peleándose,

en una caricatura.

Protuberancias precarias

como las rodillas de un cervatillo recién nacido.

Desde entonces, conocí otra clase de atención,

un ángulo diferente de las miradas.

Después de la adolescencia sostenida

por brassieres mal ajustados

y de tela demasiado fina,

los dos se convirtieron en lámparas de pared,

elementos fijos que vienen con la casa.

Pero en lugar de una pátina, cultivaron

una colección escasa de pelos negros y esparcidos.

Más que eso, sin embargo,

mi queja principal se trataba

de la claraboya en forma de rombo

que abrían entre los botones de las camisas.

Aparte de eso, el resto del bosque

de mi feminidad

creció alrededor de

los primeros dos árboles.

El único anuncio del futuro llegó

con el vaivén de dolores,

el sistema de alerta de la naturaleza

para revisar el inventario

de ibuprofeno y todo el papel y algodón

necesarios para seguir con la vida

como si este cuerpo no tuviera superpoderes.

Cualquier dolor que hacía del correr

una tortura mecánica y medieval,

se convirtió en un malestar minúsculo

en comparación con el hinchazón del embarazo.

Nuevos brassieres, nueva ropa,

nueva figura.

Una afín a la de Dolly Parton

hasta que a ambos los sobrepasó la panza.

El primer bebé nos sorprendió.

Un diminuto cachorro mamífero,

cuatro libras y diez onzas,

nacido casi siete semanas antes de término.

El médico, la partera y las enfermeras

me mandaron a conectarlos a

una máquina lechera,

cuyos coros sibilantes

me hicieron preguntar cómo les sonaba

el pulmón de acero a los pacientes con polio.

Me mandaron a mirar fotos de mi bebé,

a oler su piyama,

cuando no estaba con él en el hospital,

para engañarlos para que pensaran

que las válvulas en realidad eran una criatura

necesitada de alimentación,

para hacerlos olvidar la herida insoportable

de estar separada de él.

Después de cinco días, un poco de espuma

emergió:

el calostro dorado.

Y no emplearé la palabra que

un hombre creyó adecuada para referirse

a la largueza dolorosa del comienzo

de su producción de leche.

Recitaron más letras del alfabeto

que jamás pensé posibles para ustedes.

Cuando la boca diminuta de mi bebé

se prendió de ustedes por primera vez,

sus milagros de repente se me hicieron evidentes.

(Ayudados por la ráfaga de oxitocina.)

Dolieron dos veces más

por dos bebés más.

Solo uno llegó a la luz

para probar su elíxir perfecto.

Tanto estirarse, hincharse,

ordeñarse, chuparse, permearse,

los dejó desgastados y marchitos.

Su antigua solidez ha pasado

a un estado de plasma,

mientras se vierten en las copas del brassiere,

en vez de vestírselas como escudos moldeados.

Su superficie, como masa de pan,

está veteada y floja,

su elasticidad se ha desplomado.

Como para consolarnos,

supongo,

nos dicen que el amamantamiento

puede esquivar el cáncer.

El tipo de cáncer que tuvieron la madre de mi madre

y la hermana de mi madre.

El tipo que puede conducir a que

los corten violentamente del cuerpo.

Los contemplo ahora, y entiendo que

no son la materia de la que

está hecha la imaginación adolescente.

Pero están aquí.

Y mis dos hijos me dicen

el nombre de un cáncer,

con la primera sílaba tónica,

como para recordarme

que aún no me aflige:

Mama.



Oda a mi cabello

Cuando era adolescente

mi madre me decía

que tú eras del mismo color

que su cabello cuando tenía mi edad.

Ella siempre andaba buscando

el tinte que la iba a transformar

en mi melliza cabelluda.

Yo, en cambio, deseaba que fueras más oscuro

como el de mi hermano,

mi hermana y mi padre.

Pero de todas las partes de este cuerpo

que me dejé convencer que eran defectuosas,

tú eras la que menos me angustiaba.

Abundante, suave y lacio,

prismático como un bosque sepia en otoño.

Cada tanto me preguntaban si te había pintado,

algo que jamás he hecho.

No tenía concepto de hasta qué edad

perdurarían tus cualidades,

en las cuales me respaldaba

cuando buscaba algo bonito en el espejo,

lo demás estando descartado.

Todas las cabelleras que conocía

de mujeres adultas, señoras, ancianas y viejitas

estaban pintadas;

faltaban referencias empíricas

para saber cómo se ve la corona desnuda de

una mujer adulta, señora, anciana o viejita.

Es decir:

no me percaté de tu inminente transformación.

Prosperaste junto con los bebés,

dejándote el lujo del opulento estrógeno.

Pero después de los partos

caíste y decaíste.

Claro, volviste a crecer,

pero cambiado,

eléctrico,

petrificado,

con un aura de ceniza.

Si eras un castaño en otoño,

llegó el natural progreso

de las estaciones.

Resulta que el cabello de mi hija

es del mismo color

y tiene la misma textura

que tú tenías antes de que ella o su hermano naciera.

Quizás ella me mira a mí

y sabe cómo se ve la corona desnuda

de una mujer adulta.

Me mirará a mí

y sabrá cómo se ve la corona desnuda

de una señora,

una anciana,

una viejita.




Emily Hunsberger es escritora y traductora. Su poesía y traducción literaria han sido publicadas en Latin American Literature Today, The Southern Review, Spanglish Voces y próximamente en PRISM. Tertulia, nombre del podcast que ha producido desde 2017, cuenta historias en español sobre cómo personas de carne y hueso en los Estados Unidos usan el idioma español para fortalecer la convivencia social, transmitir su cultura, recuperar su identidad y ejercer sus derechos.


Una versión anterior de "Oda a mi panza" fue publicada en Spanglish Voces (2021).


Crédito de imagen: Camila Muñoz Becerra