EL MONSTRUO DE LA MATERNIDAD - Andy Hernández Camacho



El monstruo de la maternidad

La literatura está repleta de madres, tanto en papeles protagonistas como secundarios. Pero suelen responder a estereotipos extremos, que van desde la madre abnegada hasta la figura materna autoritaria. Y en muchas ocasiones, están descritas por la mirada masculina o reducidas a sus funciones biológicas.

Existen madres luchadoras, como la Anna Fierling de Bertolt Brecht, en su obra teatral Madre coraje y sus hijos.Emprendedoras, como Úrsula Iguarán en Cien años de soledad, de Gabriel García Márquez. O autoritarias, como la matriarca que habita en La Casa de Bernarda Alba, de García Lorca. Pero faltan autoras e historias que relaten la maternidad de forma valiente, honesta y en primera persona. La historia de la literatura está llena de grandes novelas sobre la guerra, el amor, la religión, el dolor, pero curiosamente la maternidad, la crianza y el trabajo de cuidados que es un tema mucho más universal, que nos atraviesa a todas, todos y todes, parece estar invisibilizado, como si nunca nadie lo hubiera experimentado.

La autora londinense Mary Shelley dio vida a Frankenstein y lo hizo a través de la electricidad y de un hombre, más precisamente de un científico. Cuando Shelley se puso a escribir lo que se considera la primera obra de ciencia ficción ya se había dado cuenta de que la única forma que tenía de crear era a través de la literatura, quizá a través de la ciencia. Su historia estaba atravesada por la pérdida de sus dos primeros hijos, otro había nacido muerto y la última apenas sobrevivió un año. Además, nunca conoció a su madre. Mary Shelley llegó al mundo en el mismo momento en el que su madre lo abandonó. Ella experimentó la maternidad como algo violento, duro, difícil, un proceso que incluso podía costar la vida.

Su obra se analiza precisamente desde ese caleidoscopio, ya que en 1800 hablar de embarazos, abortos, depresiones y más hacerlo en forma de literatura era impensable. Ella usó sus miedos, sus angustias, sus pérdidas y sus anhelos para crear y lo hizo en forma de monstruo. Mucho se sorprendería la escritora al ver el rumbo de la literatura actual. Al observar cómo las mujeres hablan de sus hijes, de sus maternidades, quitándole el color blanco, el rosado y la luz que por mandato parece estar presente, para teñirla de ese gris (y una gama de tonos oscuros) que tanto hacía falta. Es necesario también hablar de cómo las editoriales apuestan cada vez más por este tipo de narrativas, las que hablan de que ser mala madre quizás ya no sea tan malo.

En los últimos años han surgido voces que se atreven a desmitificar la maternidad y a poner encima de la mesa de debates otras maneras de pensarla, vivirla, sentirla y que por sobre todas las cosas buscan desmontar los estereotipos asociados a ella. ¿Y qué puede aportar la literatura al debate? Pues lo que aporta siempre la literatura cuando se abordan otros temas: complejidad y una mirada que huye de lo simple. La experiencia que puede tener una persona de la maternidad es única y a la vez diversa y no se puede reducir a un cliché. Lo que hace la literatura es poner el foco en un aspecto que normalmente no tiene suficiente protagonismo, ni siquiera dentro del mismo movimiento feminista. Esto solo se puede conocer con historias individuales, no bastan las cifras, las leyes ni las políticas públicas para entender en qué consiste ser mujer que ejerce su maternidad en una sociedad patriarcal.

La escritora Adrienne Rich en su ensayo Nacemos de mujer, llegó a decir: “No entiendo cómo algo tan universal como lo materno, no haya sido un tema literario primordial. Las mujeres han sido madres e hijas, pero han escrito muy poco sobre este tema. La vasta mayoría de imágenes visuales y literarias de la maternidad nos llega filtrada por la conciencia masculina individual y colectiva”.

Por otro lado, Esther Vivas, en su libro Mamá Desobediente, analiza lo que significa ser madre en el siglo XXI. Retrata un movimiento feminista que aún no acaba de acuerpar la maternidad, principalmente porque parece dificultar el desarrollo de la mujer. Una estructura médica que atiende a la madre con protocolos sanitarios, pero que olvida su bienestar emocional. Un sistema económico que sigue esperando madres perfectas y sobre todo productivas para el sistema capitalista. El trabajo productivo siempre por encima del reproductivo.

Ambas logran ver un cambio en el modelo social y una necesidad de contar cómo es ahora y cómo debería ser. Estas autoras hablan de maternidades en plural, porque son muchas y muy distintas. Ellas destruyen ese concepto de la maternidad idealizada, perfecta, de la madre que asume y no se queja. Están en contra de los vientres de alquiler y a favor de unos permisos y responsabilidades similares entre padres y madres, de la crianza compartida y en tribu.

Aunque en los últimos años, el tema de la maternidad se está abordando de una forma más valiente, real y compleja, es necesario que la sociedad en general y el mundo de la cultura en particular, apuesten por más voces y miradas femeninas. Aquellas que cuenten historias verdaderas e inventadas, de mujeres y madres, que vale la pena nombrar y sobre todo escuchar. Para visibilizar conflictos, entender y respetar las decisiones de las mujeres y seguir evolucionando como sociedad. De lo contrario, algunas distopías pueden convertirse en realidades y el “mundo feliz”, dejar de serlo. ¿Te imaginas un planeta infértil, donde cada vez nacen menos niñes y las mujeres pierden todos sus derechos y libertades? Así comienza la novela de El cuento de la criada, una sociedad inventada por la visionaria escritora y activista Margaret Atwood ya en los años ochenta. Repensemos un mundo donde la maternidad es más importante de lo que parece, como también lo son los pensamientos, deseos y elecciones de las mujeres que la ejercen, un contexto en donde no le tengamos miedo a describirla como el monstruo que es muchas veces, en toda su complejidad.


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Andy Hernández Camacho es maternofeminista, profesora de literatura, comunicoloca pública, sentipensante, gestora de procesos comunitarios en distintos espacios, siempre en deconstrucción. Comparte una columna de opinión llamada Oxímoron en el medio digital ZonaDocs. Actualmente, se encuentra reflexionando en tribu sobre las maternidades desobedientes y las distintas narrativas para nombrar el trabajo de cuidados. También es maestrante en gestión y desarrollo social.