CRÓNICA DE MIS MIEDOS - Daniela Becerra



Crónica de mis miedos

De niña atesoraba los libros, pero sólo los míos, los que narraban las aventuras de las estudiantes en internados ingleses o las reflexiones y cuestionamientos de la rebelde Jo March. Esos libros eran un consuelo. No así los de mis padres. Había muchos que tenían palabras que irritaban mi vista. Al sentarme a la mesa del comedor me topaba con El pabellón del cáncer de Aleksandr Solzhenitsyn. Y cada vez que mis ojos se encontraban con ese título, debía sacar esas palabras de mi vista, fijar la mirada de forma que viera borroso sobre algún edificio lejano. Aventar esas letras fuera de casa. Por las noches, cuando rezaba, evitaba las palabras referentes al infierno: entraba a la cama con siete muñecas que mediaban entre mi cuerpo y la ventana. Luego cubría mi cara con la sábana para solo asomar ojos y nariz.

Mi padre era ateo y la religión era más bien una costumbre en casa, no una convicción. Mi mamá nos llevaba al catecismo, y de ahí yo regresaba con una nueva lista de términos que me acechaban en forma de pesadillas. En la escuela, en los juegos del patio o en mis lecturas, inhalaba palabras bellas y exhalaba palabras de dolor. Tragaba saliva cuando la conversación lo permitía y la retenía cuando las frases se teñían de horror. Qué cansado vivir con miedo. Cuando íbamos a Acapulco, temía dormirme, debía ir vigilando a mi padre, cuidándolo de algún posible accidente, pues siendo él no creyente su destino era bien sabido. Llegábamos a Acapulco y a mi madre le gustaba llevarnos a la playa de Revolcadero para después nadar en las hermosas albercas del Hotel Princess. Pero como no éramos huéspedes, yo no me sentía con derecho a nadar. Miraba a mis amiguitos gritar bajo las cascadas artificiales mientras yo argumentaba pretextos para no meterme al agua. Por las noches había que exhalar lo reprimido, los miedos acumulados, las palabras escuchadas, la excesiva obediencia a las reglas. También debía esconderme de La mano que pega, el alter ego de mi padre cuando mi hermana y yo desobedecíamos. Me mantenía parada junto a la pared para evitar la nalgada, pero entonces venía el manazo. La palma ardía. La humillación también. Mi hermana no se contenía, una vez contestó con otro golpe. Su desafío me paralizó. No quise ver lo que podría suceder.

Hice mi primera comunión y mis promesas fueron dejar de criticar y no morderme los labios. Así que cuando me ponía nerviosa debía contener el arrancarme pellejos de la boca y cuando mi mejor amiga se lanzaba a echar chisme sobre las maestras y compañeros, yo contestaba con monosílabos.

Conforme fui creciendo, los temores adquirieron distintas formas. En secundaria mis amigas insistían para que fuera a los campamentos del colegio. Le preguntaba a mi papá y él decía Haz lo que quieras. Sin embargo, ese permiso se acompañaba de días de silencio. La ley del hielo. Su silencio se enredaba con mi ansiedad. En la preparatoria los demonios fueron los amores no correspondidos. En los años universitarios se asentaron alrededor del sexo. Ya no sé si era Dios quien me ponía los límites o enfermedades y embarazos imaginarios. Más tarde me casé con un poeta chileno quien pensé podría alejar mis terrores con sus largas cartas de amor, sin embargo pasado el tiempo era él quien los desencadenaba. Su presencia me hacía evocar una tierra de mar embravecido y cordilleras infinitas, de protestas y poesía. Y quería ser parte de eso. Sin embargo, él me alejaba. Sus largas ausencias, noches sin llegar a casa, llamadas misteriosas revivían el miedo. Y yo seguía callada, me tragaba el terror a que él se fuera.

Cuando finalmente me embaracé, ahuyenté los miedos durante nueve meses. Mi bebé creció en mi vientre. No estaba sola. La angustia se resguardó. Creí que finalmente había desaparecido. Pero solamente guardó silencio un tiempo. Cedió el espacio a la maternidad. Mi niña creció. El escritor chileno juntó sus mejores palabras y se fue, nos quedamos solas. Sin embargo, estábamos juntas y pronto volví a enamorarme. Un ingeniero con dos hijas, creí que con él los miedos al abandono desaparecerían. Y así fue, pero llegaron otros nuevos. Muy pronto saludé a la punzada del estómago, a los insomnios.

Algunas noches fingía el sueño, mi cuerpo congelado. Mi nuevo marido era muy guapo, y sin embargo sus manos inoportunas se imponían sobre mi cuerpo sin preguntar. Juntos multiplicamos los terrores. Pero casi nadie se daba cuenta porque tejimos con hilo apretado el manto de la belleza, la pareja perfecta y un nuevo bebé. Por las tardes reuníamos amigos en el jardín y nos reíamos; horas interminables de carnes asadas y vino tinto. Por la noche nos descobijábamos uno al otro. Mucho después cuando la idea del divorcio se posaba en mi hombro, la ahuyentaba pensando en mi hijo adolescente. No me sentía con autoridad para criarlo sola. Mientras el padre decretaba represalias, yo rompía en secreto sus exigencias. Nuestra mascota castigada, mi niño castigado. Prohibido usar el iPad una semana, prohibido que el perro entre a la casa, prohibido invitar amigos en un mes… Por el día ignorábamos los mandatos y por las tardes montábamos el escenario ante la llegada del padre. Los montajes eran desgastantes. Hasta que un día asumí estar sola, criar sola, dejar a un lado los castigos, negociar, escuchar. Buscar también una relación que me diera protección y confianza y desde ahí acompañar a mis hijos. Ahuyentar los miedos. Aunque a veces los miedos toman la forma de frases maternales te pones el suéter, comes bien, no llegues muy tarde, no vayan a tomar alcohol, cuidado con las drogas, manejas despacio, el COVID también afecta a los jóvenes. No puedo dormir hasta que mis hijos están en casa. Pronto se irán. Se están transformando en adultos. Quisiera acompañarlos siendo refugio, no agazapada ante una amenaza externa. Esta semana mi hijo menor termina la prepa, la ceremonia de graduación será virtual. Lo virtual nos entristece. Mi hijo está lleno de planes. En unos meses se irá a estudiar a otra ciudad. Me alegro y al mismo tiempo cierta presencia diminuta regresa a emitir punzadas en mi vientre. El mismo vientre que lo albergó y que hoy anticipa su lejanía.

Hoy que mi pareja e hijos me resguardan, que yo misma me resguardo, me pregunto cuántos años he tardado en comenzar a liberarme de las tiranías impuestas. Hoy quiero nombrar todas esas palabras que me han asustado, tragar saliva mientras las pronuncio, mirarme las manos y no temer que las palabras del horror queden tatuadas en mis palmas. Ahora las palabras del miedo aletean en mi estómago. Quisiera dejarlas volar.


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Daniela Becerra es escritora y editora. Se graduó con una tesis sobre la participación de las mujeres en la literatura mexicana. Ha publicado ficción y noficción en Literal Magazine, Nagari, Escritoras Mexicanas, Reforma, El Financiero, Harper’s Bazaar y Elle, entre otros medios. Durante 2020 formó parte y coeditó el proyecto literario colectivo Palabras Entrelazadas que se publicó bajo el sello de Ediciones Mastodonte. También ha participado en la edición de Alcanzar el vuelo. Responsabilidad social en las empresas, publicado por CEMEFI, Esencial de la chef Sonia Dollero, Cosmos en un microscopio de Fernando Ortiz Monasterio, así como en una novela de suspenso, entre otros proyectos.