CARMEN ROS: En CancĂșn con mi suegra
- 21 jul 2023
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âVamos a vivir unos dĂas como millonariasâme anunciĂł Rita, la madre de mi
esposo.
Me quedĂ© tirada en un sillĂłn con los pies sobre un taburete; aun cuando tenĂa
nĂĄuseas, el periodo de vĂłmitos en ayunas parecĂa haber desaparecido. Los malestares del embarazo me postraban.
âCome, estĂĄs muy pĂĄlida, debe faltarte hierro âmi suegra extendiĂł un plato
pequeño con algunos ramitos de berros, recortados y la mitad de un limĂłnâ ya tienen sal.
Ese viaje a CancĂșn era para consolarme porque Kenneth, mi marido, se habĂa ido a
Cuba, a jugar el Capablanca, un torneo de ajedrez. Su estancia allĂĄ serĂa de cuatro semanas.
La arena, blanca y suave como talco. El aroma salino del mar. Los colores del agua
parecĂan cardĂșmenes azules y verdes. El cielo cĂĄlido, sin fisuras. La playa sin mĂĄs huellas
que las nuestras.
Mi suegra y yo nos quitamos las sandalias y entramos a paso lento en el mar
transparente y tibio. Nos detuvimos para ver los peces de color naranja, del tamaño de una vaina de chĂcharos. Nadaban junto a nuestras piernas, las rodeaban. El agua nos mecĂa.
Mi bikini era blanco. Rita dijo que lo habĂa comprado para que yo luciera la panza
en donde cargaba a su nieto: Ingmar.
âNunca he estado en una playa asĂ y es toda para nosotros tres âpronunciĂł, al
tiempo que puso una de sus manos sobre mi vientre.
Yo me incliné, quise acariciar uno de los peces, como si eso fuera posible. Tal
vez deseaba otra cosa y el pez era su representaciĂłn: brillante, inasible, fugitivo.
Mi suegra se puso el huipil que habĂa comprado en MĂ©rida, meses atrĂĄs. Mientras
nos vestĂamos para la noche mexicana, que serĂa en los jardines del hotel, en el radio de la habitaciĂłn habĂa mĂșsica. Apenas escuchĂł que Edith Piaff entonaba La vie en rose, Rita comenzĂł a cantar junto con la francesa. El rigor de sus erres sueco-finlandesas hacĂa segunda a las burbujeantes erres francesas. Nunca la habĂa oĂdo entonar una canciĂłn completa. En cuanto terminaron los Ășltimos acordes, bajĂł el volumen de las bocinas.
âMe acordĂ© de Ninoâ dijo con el aire de quien ha volado y acaba de posarse en
medio de un lugar semidesconocido.
âÂżQuiĂ©n es Nino?
âUn amante que tuve en Ankaraâ respondiĂł mientras se ponĂa Chanel NĂșmero 5
detrĂĄs de las orejas.
Me quedé atónita.
Rita habĂa vivido en TurquĂa cuando mi suegro era diplomĂĄtico. En LeĂłn, en donde
nacĂ y habĂa sido educada en una sociedad cuyo horizonte estaba delineado por valores
catĂłlicos, eso no ocurrĂa y no debĂa de suceder, mucho menos tratĂĄndose de una mujer
casada. Esa infidelidad llenarĂa de deshonra a su marido, hijos, hermanas, hermanos, padre y madre; pero, si tenĂa hijas, la afrenta para ellas serĂa peor, porque âcorrĂa el dicho indecible en voz altaâ âputa la madre, putas las hijas y putas las sĂĄbanas que las cobijanâ.
Inimaginable que mi mamĂĄ o cualquiera de sus amigas hubieran tenido un amante y se lo confesaran a su nuera. âÂżY tu marido? â sentĂ el sabor del escĂĄndalo en la lengua, se me salĂa por los ojos.
âĂl no dijo nada, pero yo creo que sabĂa. ÂżYa estĂĄs lista? VĂĄmonos para llegar a
tiempo de que nos den un buen lugar.
Nos dieron una mesa en una terraza junto a la alberca. Hilos de papel picado
colgaban de un farol a otro. El sonido amaderado de las marimbas. Mesas de bufet
yucateco. Langostas cocinadas en brasero de barro. Rita pidiĂł tequilas y sangrita. Ingmar empezaba a estar incĂłmodo en mi panza.
Yo querĂa saber quiĂ©n era el amante, de dĂłnde habĂa salido, cĂłmo lo conociĂł.
âNino Salvatore, un diplomĂĄtico argentino. Muy guapo, moreno, me enseñó a
bailar, me abrĂa la portezuela del coche, mandaba flores, yo sabĂa que Ă©l las mandaba.
SalĂamos a la playa. Ăbamos a Estambul. Me regalĂł un collar de perlas y me pidiĂł que
nunca me lo quitara.
Se conocieron en un cocktel. Ella me dijo cuĂĄnto tiempo habĂa durado el romance,
aunque ahora ya no lo recuerdo. Lo que sĂ tengo presente fue el motivo de la separaciĂłn: de las oficinas de Relaciones Exteriores saliĂł la orden de volver a Finlandia. Cuando Rita lo supo, creyĂł que entre la piel y los mĂșsculos le flotaba una sustancia como el gas mostaza.
Nino. Lo imagino con aquel bigote de lĂnea y el pelo engominado como aparecĂa en
algunas fotos que ella conservaba. Nino le insistiĂł en que se quedara en Ankara con
Marion, mi cuñada, que en ese momento tenĂa diez años. Rita lo habrĂa hecho si Ă©l no
hubiera sacado a Kenneth del paquete familiar; pero ella habĂa conocido desde muy
pequeña el frĂo del abandono de su madre y no iba a dejar que su hijo probara los hielos del desamparo.
Durante dĂas, mi suegra estuvo empacando todos los enseres que llevarĂa a Helsinki:
vajillas, adornos, ropa de vestir, de cama, alfombras iranĂes y turcas, la cocina entera.
Puedo verla con un pañuelo en la cabeza, pantalones, una blusa sin manga y sandalias, dar Ăłrdenes al personal de servicio en el mejor turco que pudiera hablar. La mente ocupada en el embalaje y el corazĂłn sepultado bajo cajas, maletas, baĂșles abiertos y cerrados, colmados de enseres, rotulados unos y otros por rotularse. El desordenado pulso de sus latidos palomeando la lista de paquetes. Cuando llegaron los empleados de la empresa que llevarĂa la mudanza hacia el Saxonia, el barco en el que la familia iba a viajar al dĂa siguiente, la casa se tornĂł en un remolino de entradas y salidas de desconocidos y conocidos. Al salir las Ășltimas maletas de ropa de las manos de los cargadores, se empezĂł a escuchar el eco de los sonidos que tienen las viviendas y las construcciones vacĂas. Fue el momento en que Rita se dio cuenta que Kenneth habĂa desaparecido.
Mi suegra preguntĂł quiĂ©n lo habĂa visto por Ășltima vez, a quĂ© horas. Durante la
mañana, alguien de la servidumbre lo vio salir de la casa con otro niño de la misma edad, el hijo del mayordomo. El personal de servicio saliĂł a la calle dando voces, gritaban los nombres del par de chiquillos. Mi suegro llamĂł a la policĂa. A Marion se le prohibiĂł poner un pie en la calle. El mayordomo subiĂł a una de las patrullas para ayudar en la bĂșsqueda.
Rita telefoneĂł a los vecinos preguntando por los fugitivos. Mi suegro, en un auto de la
embajada, peinĂł los vecindarios prĂłximos. Todos temĂan que los pequeños hubieran sido raptados para esclavizarlos, cosa que era probable en ese tiempo. Rita recorriĂł una y otra vez, luego de otras veces, la casa entera, habitaciĂłn por habitaciĂłn, en el desvĂĄn, en la cocina, en los baños, detrĂĄs de cada arbusto en el jardĂn. Desde el centro de su pecho, el miedo y la desesperaciĂłn corrĂan por su cuerpo, le oprimĂan las venas, cada uno de sus Ăłrganos sentĂa esa presiĂłn. SonĂł el telĂ©fono, era su marido, que llamaba desde una cabina pĂșblica para preguntar si habĂa noticias. En el cielo, el atardecer estaba a punto de extinguirse y la bĂșsqueda se harĂa mĂĄs difĂcil. Mi suegra se sentĂł en el piso con Marion entre sus brazos, cada una escuchaba los sollozos de la otra, tenĂan la vista en la puerta abierta. AsĂ pudieron ver, de golpe, cuando la policĂa bajĂł al par de mocosos de una patrulla para entregarlos a sus padres.
Kenneth recordaba ese dĂa por la felicidad de haber estado sin vigilancia en una
feria y en un cine, y por el precio que pagĂł, pues segĂșn su memoria, su mamĂĄ lo habĂa
recibido a nalgadas con una piedra. En realidad, fue con un cepillo para el pelo. Esa noche, mi suegra durmiĂł abrazada a sus hijos, agradecida de tenerlos y, al mismo tiempo, deshilado el corazĂłn por perder a su amante. Eso fue en el hotel donde pasaron la Ășltima noche. Mi suegro seguramente estuvo solo en otro cuarto.
La familia se instalĂł en Helsinki, no lejos del puerto. Mi suegra recibĂa cartas del
señor Salvatore, le decĂa que el gobierno argentino lo habĂa trasladado a Buenos Aires. La una y el otro estaban casi cercanos a los polos del hemisferio norte y del hemisferio sur. La ciudad finlandesa miraba hacia el BĂĄltico y la bonaerense al RĂo de la Plata. En la
correspondencia de Nino, la sĂșplica insistente para que Rita viajara a SudamĂ©rica. En las
respuestas de ella, la negativa reiterada de no abandonar a su hijo. Las misivas fueron
dejando de circular en las oficinas de correos.
Al terminar la cena, Ingmar estaba inquieto, parecĂa hablar con burbujas de lĂquido
amniĂłtico. Glub, glub, glub sonaba en mi adentro, solamente yo podĂa escuchar. Las gotas de sudor sobre mi piel y la noche ceñida de estrellas eran lo mismo.
Rita pidiĂł la cuenta y me llevĂł de la mano desde la terraza hacia el restorĂĄn. El aire
acondicionado fue un alivio. Mi suegra, delante de mĂ, avanzĂł hacia un corredor amplio y alfombrado; mientras yo me detenĂa vi que su huipil se alejaba. Una fuerza me empujĂł a sentarme en la primera silla que vi, elevĂ© un brazo para llamar la atenciĂłn de un mesero que estaba prĂłximo, se acercĂł. Por favor, por favor⊠recuerdo haberle dicho antes de perder la conciencia.
Al abrir los ojos, el entorno perdĂa velocidad en sus giros, el techo se aquietaba y
quienes me rodeaban iban adquiriendo rasgos nĂtidos.
â Soy ginecĂłlogo â un hombre con acento argentino me tomaba el pulsoâ Âżcon
quién viene?
Con la mirada busquĂ© a Rita, di con un mesero que con un mantel cubrĂa mi vĂłmito
arrojado sobre la alfombra.
âÂżQuiĂ©n la acompaña?
âMi suegra.
âÂżDĂłnde estĂĄ?
âNo sĂ©.
Tan pronto como pude ponerme de pie, lo hice y fui a la habitaciĂłn.

Carmen Teresa Ros Aguirre es cofundadora y codiseñadora de la licenciatura en Creación Literaria de la Universidad Autónoma de la Ciudad de México, en donde es profesora e investigadora de tiempo completo. Ha publicado cuento, novela, reseña, entrevista, reportaje y ensayo. Colaboró en El Nuevo Herald de Miami; fue guionista de Discovery Channel, People + Arts, B.B.C y Global Education Fund.
