ALMA MANCILLA: Bajo el árbol



Bajo el árbol

El árbol siempre había estado allí. Cada año en la misma fecha lo honrábamos con una ofrenda. La primera vez que se me permitió comparecer ante su presencia yo tenía doce años. Era una niña flaca, tensa, proclive al nerviosismo y a los excesos de la imaginación. Me acuerdo muy bien de aquella tarde: éramos cuatro y allá íbamos, calladitos, todos vestidos de blanco para la ocasión. En la cabeza se solía colocar a los presentes una corona con flores, campanulas casi siempre, de vez en cuando un clavel. Los dientes me castañeteaban desde antes de cruzar el arroyo que delimitaba el terreno donde el árbol moraba, ese solar abandonado al que, fuera de en ciertas celebraciones, ninguno de nosotros tenía permitido acceder. Tampoco nos habríamos atrevido a entrar de todas formas. Y no eran sólo la regañina o los azotes lo que temíamos; sabíamos que desobedecer esa consigna era exponernos a lo irremediable, que haríamos correr a nuestras familias un riesgo que no nos podíamos permitir. Era como entrar en el infierno por curiosidad, porque alguien ha dejado la puerta abierta por descuido y de pronto te dan ganas de asomarte.


En cuanto entramos en ese territorio supe que lo improbable existía: la hojarasca se pudría pero el tronco del árbol era carne palpitante, su corteza una costra fresca que bullía. Todo él parecía pura consciencia: costaba trabajo asumir que fuera algo salido del reino vegetal. Que sus brotes y forúnculos fueran distintos de los miembros vivos de cualquier padre o cualquier madre; que el líquido viscoso que su tronco expulsaba contuviera otra cosa que la sangre que manaba de una herida humana y real. Cuando el viejo Shahim dijo “Arrodíllense,” por un instante dudé: vi las raíces moverse bajo la tierra reseca, vivas serpientes que se agitaban y buscaban en el humus fermentado, como olisqueando en busca de la savia vital. Ese año le tocaba a los Cosío, que tenían una niña de pecho. “Las manos,” dijo el viejo Shahim. “Niña, pon las manos,” insistió y yo obedecí. La sangre de la niña era caliente y en la tierra formaba grumos espesos. Su madre tuvo que ser retirada a rastras. A veces pasaba: no todos eran suficientemente fuertes para enfrentarse con entereza a lo que el árbol exigía.


Los sacrificios, decía mi padre, eran un deber cuyo olvido se pagaba caro, y la presencia del árbol una tutela con la que debíamos convivir. Yo lo escuchaba decirme aquello mientras reprimía un mohín adolorido: que estos sacrificados siempre fueran niñas me parecía injusto. “La justicia no es algo que se reparta bien,” solía intervenir mi madre en una frase que a mí me parecía el colmo de la afrenta. Mi madre explicaba entonces, paciente y tranquila, que no podíamos oponernos a lo que ya era, y que para quien vive en el campo está claro que nada sustituía la fuerza de trabajo de un hijo varón. Mi hermano se regodeaba en esa tranquilidad postrera: siempre ha sido de esta forma, Lilia, no es ahora que lo vamos a cambiar.


Nadie sabía de dónde venía el árbol, o quién lo había sembrado ahí. Maléfica e improrrogable era la vastedad de su poder. Y al menos en lo que a daños se refería, era verdad que el árbol no hacia distinciones: a Nicasio, un amigo de mi hermano, le bastó cortar una rama para enterarse de que con el árbol no se jugaba: los dedos se le hicieron polvo, y donde la carne no se le secó le quedó un muñoncito aterido, un amasijo de carne que en el centro era seco y oscuro, como si allí se le hubiera enroscado un caballito de mar. Se rumoraba que un viajero imprudente descansó a su sombra y que el árbol lo engulló. Que algún otro, cuyo cuerpo hubo que arrojar fuera del pueblo, intentó cortarlo a hachazos. Que el árbol se regeneró, como en esas lagartijas a las que, cortada la cola, ésta les vuelve a crecer.


El viejo Shahim decía que había tanto que agradecer. ¿Agradecer cómo? ¿Agradecer qué? A veces yo me preguntaba qué éramos, cómo habíamos terminado así. El viejo Shahim, respetado por todos, se rascaba la barba y decía que no debíamos quejarnos, a cada uno la suerte que le tocó. Allá, en otros lugares, había hambruna, había guerras, la gente se mataba porque sí. Nosotros, en cambio, vivíamos en paz bajo aquella inusitada protección. Detrás de estas muertes al menos existía una razón, por mucho que nadie se atreviera a darle el apelativo de racional. En las puertas de las casas habíamos grabado siluetas del árbol, y durante la época de secas salíamos en procesión para pedir que el cielo enviara la lluvia que le impedía morir. A veces, secretamente, yo me decía: “Que no llueva, que no vuelva a llover nunca. Que este año si se acabe de secar lo que me ata aquí.”


Yo, ni que decirlo, me sentía una prisionera: la pura existencia del árbol era un freno a mi libertad. Mudarse, lo sabíamos, era imposible. La gente que se iba no tardaba en regresar, siempre arrepentida, siempre lastimada, algo en ellos muerto o disminuido por aquel acto impulsivo que ellos mismos preferían más tarde olvidar. A veces, no me quedaba más remedio que sentarme allí, a solas, a mirar el árbol desde las lindes del solar, su silueta erguida y frondosa cerca de la pileta donde de la vieja manguera enroscada con que lo regábamos goteaba un agua adolorida. Esta zona era de pueblos que sucumbían a las desgracias, de todas formas no había muchos sitios adónde ir. Sólo quedaba la ciudad, y la ciudad, decía el viejo Shahim, estaba lejos y engullía sin piedad a todo el que se atrevía a habitarla. El árbol, al menos, se conformaba con poco, aunque ese poco remitiera a una eternidad escalonada, a un estado de cosas que en el fondo parecía no tener fin.


Pero el árbol tenía sus reglas, sus calendarios. Tal vez algo de razón había en tratar de mantener lo que éramos, en cuidar aquello que nos protegía de un destino que, de creerles a mis padres, siempre podía ser peor. Una tarde, necia que era, quise comprobar por mí misma la veracidad de esas leyendas y me interné a solas en el solar: salí de allí con una herida que durante días me ardió como si estuviera llena de ponzoña. Al árbol, es cierto, apenas y lo toqué, pero ese contacto basto para enajenarme el alma: por las noches me parecía verlo brillar a lo lejos, como flotando sobre el paraje solitario, trémulo y tentacular bajo las estrellas que titilaban. Empecé a soñar con amplios campos donde todo era verdor expansivo, con llamas que llovían del cielo como lágrimas oscuras. Con árboles que tenían bocas, ojos, lenguas, garras. “De milagro no provocaste una desgracia,” me riñó mi madre, que a fuerza de lágrimas y súplicas me arrancó la promesa de no volver al solar jamás. “Que las cosas que tengan pasar, pasen,” me dijo, “uno no tiene por qué intervenir.” “Ya sé, ya sé,” le contesté: “La justicia no es algo que se reparta bien, ya me lo has dicho otras veces, no me lo tienes que repetir.”


Pero algo en mí no se resignaba. Mucho menos porque, siendo mujer, y aunque yo era ya demasiado mayor para que se me contara entre las elegidas, algún día quizá tendría que parir a alguno de los pequeños cuerpos a los que por fuerza se inmolaría en aquel lugar. Algún día algo de mí moriría allí también. El pueblo no era suficientemente grande para que alguno de nosotros se sustrajera a esa obligación que nos venía de antaño, no había razón para que yo fuese la excepción. Cuando cumplí los quince las pesadillas se acentuaron. En todas ellas el árbol me devoraba y de su tronco brotaba una raíz bulbosa que me palpaba la entraña. En todas ellas, mis ojos no eran sino una prolongación de sus ramas, mis piernas tristes arborescencias anquilosadas. En todas, yo no le llegaba al árbol ni siquiera a la raíz.


Fue Elisa Manel quien me dio la idea. Pertenecía a una de las familias que, por error o mala suerte, habían venido a instalarse entre nosotros sólo a últimas fechas y conocía otras cosas, se podía permitir descreer. Me dijo que el destino no era inamovible, que podía ser tomado entre las propias manos si una sabía actuar pronto y actuar bien. Que todo era cuestión de probar y ver qué pasaba. Que nada se perdía con intentar.


Elisa y yo nos entendíamos de más de una manera, eso es cierto. Cuando tuve edad suficiente fue a ella a quien elegí para practicar lo que después tendría que concretarse con un varón. “¿Estás segura, Elisa?”, le preguntaba yo entre abrazo y abrazo. “Claro, yo digo que lo cortemos y ya. Yo digo que lo que sea es mejor a quedarse esperando.” Pero pese a nuestros juegos prohibidos y a la satisfacción que yo encontraba en complacer a Elisa, no fueron sus palabras las que me convencieron. Para cortar al árbol de todas formas nos faltaban fuerzas, y yo sabía que para todo hay siempre más de una única solución: había leído, en esos textos que mi abuelo guardaba en el desván y a buen resguardo de los ratones, que el fuego es de entre todos los elementos el más fuerte, que no es sino lo que pasa por el fuego lo que puede seguir el camino de destrucción o transmutación. Por eso a las brujas se las quemaba vivas: no hay maldad que resista al odio de la quemazón. Nada que haya pasado por el fuego conserva intacta su materia. Hay en el fuego algo que se parece a la magia.


Poco a poco fuimos urdiendo el plan, que terminó de cobrar forma entre roces y caricias en la oscuridad húmeda de un cobertizo. Elisa decía que había que esperar a que pasaran las lluvias, para que la natural sequía del aire jugara a nuestro favor. “Si no funciona —insistía— no habremos perdido nada, ya lo verás.” Yo más que a la falta de lluvias temía a las represalias del árbol, pero Elisa pensaba que, si no lo tocábamos, éste no tendría forma de alcanzarnos. Yo no podía sacarme de la mente sus frutos como coágulos, sus raíces carnosas, sus hojas y sus membranas. Al final, Elisa y yo nos besamos, y más que la confianza en nuestro triunfo fue ese beso lo que selló el pacto entre las dos.


Elegimos para ello un día en que el cielo estaba despejado como en un signo propicio. Esperamos a que oscureciera y nos arrastramos al solar con el sigilo de ratas en la sombra. Con nosotras llevábamos sólo lo necesario: las cerillas, un bidón con gasolina y una buena dosis de valor. Esto último, mejor dicho, fue lo que le faltó a Elisa, quien, en cuando tuvimos el árbol a la vista, se acobardó. “Hazlo tú”, me dijo entre temblores, de pie al borde del arroyo y utilizando esa voz melosa a la que yo nada sabía negar. “Yo te espero de este lado, seguro tú lo haces mejor.” Sentí que me invadía la ira. Que los ojos me escocían. Que podía haber agarrado a Elisa a golpes. Pero ya era tarde, no tenía caso retroceder. Envalentonada, no sé si por la traición de mi amiga o por el objetivo tenaz que me movía, crucé el solar corriendo y arrojé la gasolina al pie del árbol. Bastó una cerilla y un poco de yesca y el monstruo se retorció casi enseguida, ante mis ojos un cuerpo que sucumbía a una herida fatal. Luego entonces no era tan poderoso, pensé. Luego entonces, como creía Elisa, uno podía oponerse a su voluntad. En medio de aquella debacle pareció que con una de sus ramas el árbol me alcanzaba, pero justo a tiempo me alejé. Qué estertores los que brotaban de la madera herida, qué rugidos los de los brazos firmes que arañaban la tierra en busca de un consuelo que no podían encontrar. Corrí, y corrí, hasta cruzar de vuelta el arroyo malhadado. Elisa ya no estaba allí.


Cuando al fin recuperé el aliento sentía el pecho henchido de orgullo, y, por qué no decirlo, también de una gota de incipiente vanidad. ¡Lo habíamos logrado! Éramos libres al fin. “¡Quémate, quémate!,” grité, y sentí que pronunciaba un conjuro. La sonrisa no se me había borrado aún de los labios cuando me alcanzó el rumor de lo que acontecía del otro lado del solar. Era el viejo Shahim, que subía por el camino agitando los brazos, su viejo saco negro echando fumarolas que formaban en el aire una grotesca espiral: “¡El pueblo arde, el pueblo arde! ¿Qué han hecho niñas, por Dios santo?”. Me quedé unos segundos ahí, petrificada, sin saber muy bien qué hacer o cómo actuar. Era como si de pronto yo también hubiera echado raíces. Como si, sin quererlo, hubiera cruzado una línea prohibida, de la que ya no se podía regresar. Entre la gente que había alcanzado a salir de sus casas busqué a mi familia pero no la encontré. Algunos se retorcían en el suelo, como esas babosas a las que, por infantil maldad, de pequeños a veces nos gustaba dejar languidecer al sol. Y allí estaba Elisa, entre la yerba una forma oscura e inmóvil que portaba aún los jirones quemados de unas prendas que reconocí.


Cuánta razón tenía el viejo Shahim en aquello de que uno no puede irse nunca impunemente del lugar que le tocó, no cuando uno no es sino una rama insignificante, parte cabal de alguna maldad mayor. Miré mis propias manos temblorosas, la punta de mis dedos que se empezaba a ennegrecer. Intenté gritar pero no pude. Tal vez habríamos muerto de todas formas. Tal vez el árbol era sólo la punta del iceberg. Tal vez nos tocaba morir de una forma o de otra. Tal vez yo, en mi inconsciencia, sólo acababa de acelerar la debacle. Ante mis ojos se empezaban ya a difuminar los contornos del paisaje que tan bien había creído conocer. Pero todavía quedaba el arroyo, pensé. Todavía quedaba la pileta. Todavía había una oportunidad. No sé de dónde saqué las fuerzas para cruzar el solar abandonado y, dando tumbos, acercarme a la manguera, a la cubeta, todas cosas que, de una forma u otra, aún nos podrían salvar. Pero hay quien corre a la hecatombe, poco importa el camino que se elija transitar: la justicia, en efecto, no es algo que se reparta con equidad. Al final, no logré llegar a mi objetivo: algo me había tomado del tobillo y apretaba con fruición. Al final, yo también me desplomé.


Del suelo brotó un estertor que al principio creí la culminación de la agonía: la mía, la del árbol, la de todos los demás. El cielo estrellado griseaba por la humareda, y algo allí se escindía, algo cobraba al fin su forma final. Todavía conservaba la pequeña cicatriz de aquella herida y, por un segundo, al mirarla me pareció que de su interior brotaba una ramita, y una hoja que enseguida se pudrió. Con el rabillo del ojo alcancé a ver a mis espaldas el tronco del árbol que, como el ave fénix, renacía de sus cenizas: y lo que allí surgía era grande, inmenso, una especie de bestia feral. Supe que nunca habíamos tenido oportunidad alguna, que no éramos nada que, ni de lejos, pudiera constituir contra el árbol un digno rival. Supe que nuestra sangre y nuestra muerte de una forma u otra le complacían. Supe que, desde el principio, éste habría sido el final. A lo lejos, entre las llamas que el viento atizaba, arrastrando un fuego que no se moría, el árbol se alzó y se alzó y se alzó: un gigante, una montaña, una atalaya, un pulpo verde y ocre que crecía y respiraba y se movía; el árbol, carne de la tierra eterna sobre el pueblo polvoriento que, debajo suyo, ardía. Y bajo el árbol ardimos y lo alimentamos hasta que al fin amaneció.

Alma Mancilla es una antropóloga y escritora mexicana. Autora de los libros de cuentos Los días del verano más largo, Casa encantada, Las babas del caracol y otros relatos, El criado y otras historias de aflicción y de las novelas Hogueras, Archipiélagos, De las sombras y El predicador. Ha participado en diversas antologías en México y en Canadá y su obra ha obtenido, entre otros, el Premio Nacional de Literatura Gilberto Owen (2011), el Premio Internacional de Narrativa Ignacio Manuel Altamirano (2015), el Premio Bellas Artes de Novela José Rubén Romero (2018) y el Premio Nacional de Novela Ignacio Manuel Altamirano (2020). En 2015 formó parte del Borderlines Writer´s Circle en Edmonton, Canadá. Pertenece al Sistema Nacional de Creadores de Arte del FONCA-México.


Crédito de imagen: Myrna Flores