LUZ STELLA MEJÍA: Un cuento cuántico



Un cuento cuántico

Si a Juana le preguntaran qué es lo que más desea, diría que tiempo. No solo quisiera tener unos minuticos o unas horitas de más, no. Lo que ella pediría sería manejar el tiempo: devolverlo, adelantarlo, detenerlo. Juana entiende a cabalidad que eso es físicamente improbable, entonces, cuando está abrumada se pregunta qué es lo que en realidad quiere.


Se conforma con devolver el tiempo en sus ensoñaciones, cuando al recostar la cabeza en la almohada en el conticinio y la oscuridad de su cuarto, el sueño verdadero no llega. Entonces cierra los ojos y se ve otra vez adolescente, con esas ganas de hacer y ser, con todo el tiempo por delante. Y sueña que puede volver atrás a decirle a su yo de oscuros ojos vivaces, con sus pestañas todavía largas y rizadas: ¡No seas pendeja, termina la universidad! Porque Juana dejó sus estudios para casarse, faltándole tan solo un año para graduarse. De eso hace ya 15 años, que se fueron deslizando por su vida sin darse cuenta, dejando en su regazo cuatro hijos y un esposo, y excluyendo la física cuántica de su horizonte. Eso era lo que Juana estudiaba, física cuántica. Y era buena, mucho mejor que Sergio, que era bueno también. Por eso siempre estaban juntos, porque las ideas que intercambiaban en su lenguaje subatómico generaban una energía discreta, o en otras palabras, no continua, sólo posible cuando compartían los dos. Una vez que se separaban, la energía se interrumpía y las ideas se perdían solitarias. Claro que el largo cabello negro de ella, su cuerpo rollizo, que a pesar de su desinterés por revelarlo vestido con sus camisas sueltas, era «de una perfecta simetría proporcionada, esféricamente apetecible y curvilíneamente hermoso», como lo describía Sergio, un poco en broma, como hablando de un cuerpo Newtoniano; y los bluyines sueltos de él, sus «ojos de perrito curioso, la barba rala de villano y sus bucles de El Principito» según Juana, pudieron tener algo que ver en esto, pero quién sabe, al fin y al cabo todo son meras conjeturas y cálculo de probabilidades.


Para Juana el amor era algo más complicado que la teoría de partículas, o sea, ininteligible. Pero aun así se dejó atrapar, pues quién dijo que hay que entenderlo, lo importante es sentir sus efectos y aprovechar sus múltiples usos, como el de arroparse con un cuerpo caliente en las noches frías o el de mirar profundamente dentro de unos ojos que te responden en las mañanas nubosas. Así, de intercambiar energía, llegaron al intercambio celular, que es el que al final produjo una cascada de acontecimientos, el primero de ellos su embarazo, y luego la recua de consecuencias: el terror de Juana y Sergio, la decepción de sus padres, el matrimonio y el adiós a sus partículas. La vida de Juana dio, lo que podría llamarse, un salto cuántico.


Juana no tuvo tiempo de saber si le gustaba su nuevo estado o no. Daniel llegó como cualquier otro bebé, no con un pan debajo del brazo, sino con un sol que la obnubiló casi por completo. Le gustaba lo del sol por su luz cegadora: nada que no tuviera que ver con Daniel tenía ningún sentido, y por esa atracción gravitacional que su hijo ejercía sobre ella y sobre todas las personas que la rodeaban: su madre, su padre, Sergio y su familia, sus amigos y vecinos. Todos girando alrededor de esta estrella, como planetas deshabitados.

Pasados dos años de tan astronómico acontecimiento, Juana decidió que era tiempo de repetirlo, ya se sabe, pobre niño si se queda sólo, mejor tener la parejita… Así nació Valeria, con otro sol debajo del brazo, si bien, por ser un evento repetido, el deslumbre no fue tan cegador. Se podría decir que el segundo suceso tuvo menor densidad, pero no por eso careció de sus características estelares. La vida siguió su curso y Juana descendió del espacio sideral a la vida corriente del ama de casa, o sea, una vida repetitiva, enclaustrada y poco estimulante. Juana es de las que no se deja amedrentar, así que la asumió con entereza y aprovechó cada oportunidad para romper las leyes de esta mecánica maternal, leyendo libros, estudiando por su cuenta, encaminando a sus hijos por senderos inteligentes de saberes y pensares entrelazados con la vida, no simplemente llevados por la inercia del colegio.


Cuando Valeria llegó a la edad escolar sus padres decidieron cambiar de horizontes, pues su país en permanente desequilibrio inestable estaba manejado por seres que podrían llamarse estáticos, para quienes la física cuántica era sólo un principio de gran incertidumbre y nada de ganancia. Juana se entusiasmó con la vida nueva y empezó a contemplar la posibilidad de volver a la universidad. La idea de terminar sus estudios empezó a formarse al principio como algo borroso que luchaba por tomar cuerpo; luego cada vez con más claridad, de manera que Juana podía verla en tres dimensiones, acariciarla, girarla y observarla desde todos los ángulos. Jugaba con esta idea inexpresada aún, cada vez más con más frecuencia, se imaginaba estudiando, investigando, perdida en elucubraciones científicas y filosóficas, hasta que algunas señales le hicieron sospechar que algo más allá de su control estaba sucediendo. Juana sabía que en la teoría de partículas, cualquier suceso, por muy absurdo que parezca, posee una probabilidad de que suceda, como que al lanzar una pelota contra un muro ésta pueda atravesarlo. Las partículas pueden, de hecho, atravesar paredes gracias a un túnel cuántico. Así que no se le hizo raro que, a pesar de estar usando por más de cinco años, exitosamente, un método que debería detener cualquier avance de vida ajena en su cuerpo, los espermatozoides de Sergio pudieran atravesarlo y llegar a su óvulo, fecundándolo.


Y para que no cupiera la menor duda de que estaba embarazada, la doctora le comunicó que eran dos los cuerpos que crecían en su vientre. Entonces esa idea, que brillaba tenue aún en su imaginación, se rompió en mil pedazos, dejando fragmentos afilados por todas partes, de manera que a donde quiera que Juana moviera sus pensamientos, su mente se retraía herida. Era como caminar por la cocina en cuyo piso se esparcieran los fragmentos de un vaso de vidrio. Pero no todo era dolor y sangre. La promesa de un sol doble también la sanaba y alegraba.


Tres años después del evento improbable, aquí está Juana cansada y abrumada. Su idea hecha añicos está juntando sus partes. La vida en estas tierras, que desde afuera parece una galaxia de estrellas, luminosa y posible, es de hecho solitaria e individual, como electrones girando alrededor de núcleos dispersos. La ayuda que podría tener en su país, aquí es inalcanzable. El trabajo de Sergio es un agujero negro donde desaparece su tiempo, su entusiasmo y él mismo: nunca se le ve. Juana se está empezando a sentir vieja y tiene miedo de que cuando los gemelos crezcan lo suficiente como para que ella pueda volver a sus ilusiones, ya no tenga las ganas o la energía para hacerlo. Por eso sólo sueña con devolver el tiempo, o adelantarlo o detenerlo. Se imagina una vida paralela donde sus deseos de sumergirse en teorías e hipótesis no estén reñidos con sus actividades maternas; un mundo donde las madres no tengan que dejarlo todo cuando eventos improbables o buscados subviertan el orden establecido.


Juana se mira al espejo. Sus ojos almendrados con algunas arrugas en su vértice le devuelven una mirada lúcida y esperanzada. Su rostro, un poco más relleno y blando que hace 15 años, aún conserva un asomo de frescura. Afuera los gemelos golpean la puerta del baño repitiendo cada uno a destiempo su mantra: mamá, mamá. Piensa en que una sola partícula cuántica puede ocupar numerosos espacios simultáneamente y entonces quisiera tener esa misma propiedad y poder estar con sus hijos y al mismo tiempo trabajar en un laboratorio de investigación. Recuerda también que el estado de estas partículas sólo se define cuando alguien se decide a mirarlas. Como el famoso gato de Schrödinger que no sabremos si está muerto o vivo hasta que no abramos la caja. Frente al espejo, de pronto Juana ve claro que lo importante es definir el estado en el que está, hasta que pueda alcanzar el que desea. Ahora mismo es una supernova que crea estrellas, la fuerza centrípeta que ayuda a concretar nebulosas, la energía que ordena mundos y galaxias en su familia, y eso de alguna manera también es un universo deseable y misterioso. Y al mismo tiempo, es esa mujer con un sueño fijo adentro, como un gato muy vivo que maúlla y ronronea y que sólo necesita abrir la caja y saltar. Agarrada a esa idea en su mente, Juana al fin abre la puerta.




Luz Stella Mejía es escritora, editora y bióloga marina colombiana, profesión que ejerció en su país hasta que decidió radicarse en Estados Unidos. Promueve la lectura en español, editando y publicando en su editorial, Tessellata, y recolectando y distribuyendo libros entre los hispanos de su comunidad. Ha publicado dos libros de poesía, Etimológicas (2020) y Palabras sumergidas (2018) el cual ganó mención en el Premio Especial Festival Internacional Savannah, 2019. Sus poemas y cuentos han sido incluidos en antologías y en varias ediciones de la Agenda Mujer (Colombia). Su poema «Esa paz que quiero» ganó mención en el concurso «Mil Poemas por la Paz del Mundo, 2019».