RAQUEL HOYOS: La luna se aleja



La luna se aleja

“Cada año, la Luna se aleja un poco más de la Tierra”, me cuenta Rebeca mientras se frota las manos y resopla entre ellas para calentarlas. Me gusta que no busque las típicas formas de consuelo. Detesto que en estas situaciones te digan: “Todo estará bien”, “Las cosas pasan por algo”. Mi amiga solo está ahí, sentada a mi lado; por momentos nos quedamos sin decir palabra. No se muestra incómoda o mortificada. Ni siquiera se queja de lo frío que está este maldito piso de concreto. A ratos menciona algún dato curioso que se le viene a la mente.

Uno se imagina que esperar en un hospital es como en las películas: en una sala agradable, con sillas cómodas y hasta calefacción. En un hospital de gobierno, el protocolo es más parecido al de una cárcel. Al entrar te inspeccionan como si pudieras llevar una bomba, cargar mariguana o llevar pornografía a los pacientes. Solo un familiar cercano puede estar al lado de la cama de la persona internada. Si bien te va, con un poco de suerte, te prestan una vieja silla. Cualquier otro familiar o visitante debe permanecer a las puertas del nosocomio.

Rebeca trata de hacerme olvidar el frío, el sueño y el intenso deseo que tengo de mandar al diablo al tipo de seguridad para correr y tomar de la mano a mamá Águeda. Cuando el vigilante no nos ve, Rebeca saca de su chamarra una anforita y nos turnamos los tragos de mezcal. Mi memoria olfativa evoca las friegas nocturnas de mi abuela antes dormir: el líquido resbalando de sus manos para caer desde las rodillas hasta los tobillos; el frote vigoroso, sus dedos fuertes; el aroma ahumado inundando la habitación, llenándome de tranquilidad en esas oscuras noches en las que solo se escuchaba el cantar de los grillos. Lejos de desagradarme, el olor me transmitía una sensación de seguridad y relajación. A la fecha, no puedo beber un mezcal sin antes olerlo en cada sorbo y pensar en ella.

Mientras el alcohol calienta nuestros cuerpos, nos ocupamos en las mismas simplezas que diríamos si estuviéramos tiradas en la alfombra de mi habitación: repasamos la lista de nombres que le podríamos a nuestras hipotéticas mascotas, los títulos de las canciones que nunca interpretaremos o los temas de los libros que soñamos escribir. Mi amiga es la más creativa de las dos, alarga cuanto más puede sus monólogos para distraerme. No me atrevo a decirle que sus historias me hacen pensar aún más en mi abuela.


Por casi treinta años, mamá Águeda me construyó con cientos de historias, ejemplos anecdóticos perfectos para cada situación. No era la abuela convencional que relataba cuentos de hadas y princesas. Ella aseguraba que cada una de sus narraciones era verdadera y que me serviría para aprender una importante lección de vida. Además, les habían ocurrido a sus vecinos, conocidos, a su padre cuando salía a cazar, a su comadre o ella misma; y eso las hacía genuinas. Jamás dudé de su palabra. Como cuando me contó que al tío Rufino se lo llevó la Matlacíhuatl, un demonio transformado en una hermosa mujer de voluptuosas formas que ofrece placeres carnales a los hombres. Saliendo de la cantina, el tío la vio a orillas del río y ella lo guió hasta el cerro. Ahí lo encontraron a los dos días, desnudo, con arañazos y medio loco. “La lujuria de los hombres los vuelve estúpidos”, me decía muy seria.


Mi madre insistió en que me fuera a casa, no tenía sentido que estuviera sentada en la entrada de urgencias toda la noche, cuando podía ir a dormir y regresar descansada por la mañana para relevarla. “No puedo mamá. Esta mañana, en el ventanal de la sala apareció una enorme mariposa negra. Si no estoy aquí cuando… si me voy… y si”. La única respuesta de mi madre fue: “Haz lo que quieras, te veo mañana a las ocho. Si pasa algo, te llamo”. Detrás de esa dureza que caracterizaba a mi madre, sabía que mi superstición la había afectado. Juraría que las dos pensamos en la mariposa que mamá Águeda nos contó que se posó en su puerta un día antes de que muriera el abuelo.

Pienso en qué pasaría si la Luna se alejara tanto que no volviéramos a verla más; qué pasaría si no creyera en los malos augurios, como el de las mariposas negras; o cómo sería yo de no haber sido criada por mi abuela.

Gran parte de la historia de nuestra familia se parece a la de aquella película en la que la protagonista y su hermana venían de una familia de brujas con una maldición: si se enamoraban de un hombre, éste moría al poco tiempo. Mamá Águeda quedó viuda a los treinta años, con tres hijas a su cargo; la mayor de ellas falleció a los diez de tifoidea. La tía Mari, la de en medio, seguía soltera a sus cincuenta y ocho. Mi madre, dos años menor, perdió a mi padre a los treinta y tres, cuando yo tenía seis años.

Tras el sexto sorbo de mezcal, recuerdo otra anécdota que reforzaba nuestro símil con las brujas: un bizarro regalo que mamá Águeda me dio en mi cumpleaños número quince. La caja era bellísima, te hacía intuir lo costoso del objeto que contenía. No necesitaba más que un listón como envoltura. Deslumbraba por sí sola como esas cajitas de Tiffany, distinguibles por su color y la promesa de una preciosa joya. “Sí, es una joya”, pensé. No de aquella tienda, pero con seguridad un fino reloj o un dije de oro blanco, como el que le mostré en una revista.

No sé si mi abuela notó mi decepción al abrir la caja; si lo hizo, no afectó en nada su sonrisa llena de emoción. No quise romper su ilusión. Tomé el filoso artefacto con cuidado, sorprendida por su ligereza. Observé detenidamente los artísticos grabados que adornaban la oscura hoja. Me visualicé como la chica de Kill Bill. Un cuchillo que me hacía sentir hermosa y poderosa era la idea más ridícula… pero fascinante. La decepción desapareció, me uní sinceramente a la sonrisa complaciente de mi abuela. “Toda mujer necesita un buen cuchillo, espero que este te sea tan útil como a mí”, venía escrito en una pequeña tarjeta.

Así como en otras casas tienen un anillo o cadena como reliquia familiar, en la nuestra aquel cuchillo había estado casi por cien años. Mi abuela me contó que con él le había cortado un dedo a un sujeto que entró de noche a su casa con la intención de robar. En los siguientes años, veía discretamente las manos de todos los hombres del pueblo, pero nunca encontró al inepto y mutilado ladrón.

Mamá Águeda nunca me horneó galletas, no me compró ningún vestido ni me regañó cuando trepaba árboles. Tampoco me sermoneó sobre el valor de mi virginidad cuando aquella mancha de sangre en mis shorts anunció la llegada de mi menstruación, lo único que dijo es que la matriz servía sólo para dos cosas: para tener hijos y para dar problemas… Y tuvo razón.

La metástasis se había extendido del útero al hígado y llegó hasta los pulmones, nos explicó la especialista. ¿Tiempo de vida? Dos, quizá tres meses. ¡Qué exactitud! Tres meses después, estoy afuera del mismo hospital, sosteniendo un teléfono que vibra a las tres de la mañana. En la pantalla aparece el nombre de mi madre. Si no contesto en seguida, puedo quedarme más tiempo en esta dimensión de mi ignorancia. Por unos minutos más, aún es posible que mi abuela despierte y me pida su mezcal para frotarse las rodillas.

Rebeca me saca de mi ensimismamiento, ve la pantalla de mi celular, me abraza muy fuerte y dice: “No te preocupes, amiga, la Luna se aleja solo cuatro centímetros de la Tierra, tardará millones de años en desaparecer”.


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Raquel Hoyos nació en Puebla, en 1986. Es escritora, editora, correctora de estilo, feminista, madre de perrhijos y lectora apasionada de la escritura de otras mujeres. Estudió la licenciatura en Lingüística y Literatura Hispánica. Es autora de la compilación de cuentos Maldita, editada por la Secretaría de Cultura del estado de Puebla. Sus cuentos han aparecido en diversas antologías físicas y digitales, así como en espacios virtuales, como Especulativas, Penumbria y Diablo negro. En 2022 publicará con Odo ediciones su libro Imago, ganador del Primer premio de libro de cuentos Imaginación y Futuro, convocado por la MexiCona. Actualmente, es becaria del Programa de Estímulos a la Creación y Desarrollo Artístico (PECDA) y trabaja en un libro de cuentos de géneros especulativos.


Crédito de imagen: Myrna Flores