MUJERES COMO ÁRBOLES ENANOS - Enid Carrillo




Mujeres como árboles enanos

Todo lo que crece, se deforma. Por eso a mi padre le gustaban los bonsái. En esa práctica se desplegaban todas sus obsesiones y su espíritu controlador. Disfrutaba manipular los alcances de la naturaleza y hacer que los árboles tomaran la forma que les imponía desde sus manos. Esos momentos en los que mi padre podaba sus árboles, cuando cortaba y retorcía las raíces y les daba forma, parecía hacer un pacto de paz con el mundo entero y hasta con él mismo.

Pero su pacto terminaba cuando abandonaba la terraza y se adentraba en la oscuridad de nuestra casa en donde intentaba manipularnos a mamá y a mí como si fuéramos uno de sus árboles. Aprendí que lo primero que se hace con los bonsái es cortarles las raíces, hay que podarlos constantemente y rodear sus ramas con alambres que funcionan como férulas para darles forma y evitar su crecimiento. Aunque el resultado es bello, es un procedimiento lleno de crueldad.

Mamá comenzó a empequeñecer cuando tuvo que dejar su trabajo como profesora de una secundaria pública que, según mi padre, sólo le traía problemas y distracciones. Luego de eso, dejó de arreglarse y de preocuparse por ella. Dejó de ser una mujer y se convirtió en un retrato: siempre con la misma expresión y hasta con la misma ropa.

Cuando mi padre no estaba en casa, ella me decía “No crezcas, Imelda, ya no crezcas…” y se tronaba los dedos de sus manos flacas. Y yo no podía hacer nada, era una niña de diez años que se llenaba de angustia porque crecer era un destino inevitable y peligroso. Durante aquellos años, mamá y yo aprendimos a comunicarnos con la mirada. A reírnos en secreto, a mirarnos fijamente para saber cuándo hablar y cuándo no decir nada.

Con el tiempo, la colección de árboles de mi padre se multiplicó y pasó de tenerlos en una mesa junto a una ventana de la casa, a construir una especie de terraza para poder admirarlos. Los separó por tamaños, los acomodó y hasta mandó diseñar un mueble que parecía un altar de árboles enanos. El cuidado que le ponía a sus criaturas me hacía envidiarlos.

Pero cuando comencé a crecer, mi padre también podó mis raíces y retorció mis ramas para que no pudiera crecer más. O al menos lo intentó. Para cuando mi cuerpo empezó a cambiar y dejó de ser el de una niña, el de mi madre empezaba a envejecer. Fue entonces cuando las cosas empeoraron aún más.

Mi padre la insultaba, la llamaba fea y loca y gorda y vaca y neurótica. A mí, me hablaba de la suciedad de los hombres, de lo peligroso de mi cuerpo; me prohibía las salidas y las visitas de amigos en la casa. Me exigía las mejores calificaciones y resultados en cada cosa que hacía. Pero lo peor: me miraba como un padre no debe mirar a su hija. Sus ojos se paseaban por mi cuerpo con la ojeada de un adulto febril e impotente. Mi madre se daba cuenta, pero prefería mirar hacia otro lado.

Aquellos años, mi padre se dedicó más a sus árboles. Tal vez, al ocuparse en ellos, podía contener sus deseos. Pero entre más se resistía, más enfurecido estaba con la vida y con nosotras. Los insultos escalaban y se volvían más dolorosos para las dos. Estoy segura que lo que hicimos fue lo que mató a mi padre. Pero nadie sospecha de las mujeres tristes.

Desde hace un par de meses, por las noches, comencé a regar los árboles, con la esperanza de que se pudrieran. Las paredes empezaron a llenarse de un remojo verdoso que dejaba un olor a hongos por toda la casa. Los vecinos ya me habían dicho que la humedad estaba llegando a sus apartamentos, yo los mandaba a hablar con mi padre, pero nunca lo hacían.

Él pensaba que aquello tal vez tenía que ver con una plaga, con algo que había hecho mal al cuidarlos, con un desequilibrio que escapaba a su entendimiento y que lo estaba volviendo loco poco a poco. Por las mañanas, mi padre los observaba como si tratara de descifrar su descomposición, pues los pequeños se estaban poniendo feos. Entonces se volvió aún más meticuloso con el cuidado de los árboles. Yo había emprendido una guerra silenciosa en su contra y aquellos árboles eran mi campo de batalla.

Ayer por la noche, me paré a regarlos, él apareció de entre las sombras. Me había descubierto. Allí estaba yo, en medio de la terraza, ahogando a los árboles de mi padre, cuando se plantó frente a mí sin decirme nada. Quedé muda por el miedo a lo que fuera a hacerme. Pero él sólo se acercó, me acomodó el cabello detrás de la oreja y fijó sus ojos en los míos. Por fin, luego de tanto contenerse, me tocó. Sus manos recorrieron morbosas todo mi cuerpo, pero yo sentí el toque más firme en los senos y en los muslos. Me llené de asco. No pude soportarlo más. ¿Qué pasaría si me callaba? ¿Qué sería capaz de hacer él con mi silencio?

Con el calor que se acumuló en el centro de mi cuerpo y con la fuerza de una mujer profanada, grité. Mi madre apareció también de entre las sombras, con su bata blanca que parecía iluminar la oscuridad. El cuerpo de mi padre aún estaba cerca del mío, era fácil adivinar lo que había sucedido. No tuvimos que decirnos nada. Bastó con que mamá viera mis ojos y encontrara ahí la señal inequívoca de lo que mi padre había intentado.

Se hizo un pequeño silencio, como si hubiéramos quedado suspendidos en el tiempo tratando de comprender lo que sucedía. De pronto mi madre también gritó, lo hizo como un animal. Con fuerza, tomó uno de los árboles y lo estrelló contra el piso mientras seguía gritando. Aquella imagen fue tan poderosa, que decidí secundarla.

Juntas, arruinamos los bonsái. Uno a uno los dejamos caer enfrente de mi padre. Él no era tan fuerte después de todo, tenía la expresión de un asesino que había sido descubierto. Nos temió: éramos más, estábamos juntas y al destruir aquellos árboles, sabíamos que lo destruíamos también a él. Rompimos todas las macetas, destrozamos la terraza. Pisamos sus raíces, quebramos sus ramas, los asesinamos. Los dejamos regados, incapaces de salvarse.

Nuestra furia fue tan poderosa que mi padre no pudo soportar ver a sus árboles caídos. Habíamos logrado empequeñecerlo, él estaba paralizado y pronto se comenzó a quejar de no poder respirar. Tocaba su brazo izquierdo mientras se tambaleaba. Juntas, lo vimos retorcerse de dolor entre los restos de macetas, tierra y raíces mutiladas. Fue entonces cuando nos detuvimos. Llamamos a la ambulancia. Los paramédicos dijeron que le había dado un infarto y mi padre murió en camino al hospital.

Supimos disfrazar bien el asunto de los árboles destrozados. Les dije que mi padre se había despertado a regar los bonsái y que seguramente allí le comenzó el ataque y fue cayendo poco a poco provocando el desastre con las macetas. Conté todo eso mientras fingía estar muy triste, pero mis lágrimas eran de felicidad, del gozo que me daba la liberación absoluta, de saber que la historia con ese hombre se había terminado y que nunca más tendría que volver a verlo. Mamá lloraba a mi lado y los médicos atribuyeron nuestro estado a la repentina muerte de mi padre.

Volvimos a la casa, ni siquiera limpiamos el desastre, estábamos agotadas y decidimos esperar a la mañana para encargarnos de la limpieza y de los trámites para el funeral. Dormimos en la misma cama.

A la mañana siguiente, la luz se adivinaba desde mi ventana. Mi madre dormía inalterable junto a mí. En medio del letargo, vi una hojita que salía de entre sus cabellos y observé una rama cerca de su oreja. Debe ser la ensoñación, pensé, pero al tocarme la cara para obligarme a despertar, sentí algo en la nariz. Corrí hacia el baño y frente al espejo, vi cómo de las fosas nasales me salía una rama diminuta y delgadísima. Asombrada, la quebré. Pero enseguida creció otra. Y después otra y después otra. Mis manos se tornaron rugosas, como la madera de un árbol. Volví donde mi madre para cerciorarme que nos pasaba lo mismo. La vi hermosa, llena de hojas y ramas y brotes verdosos que se expandían y colgaban por toda la cama.


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Enid Carrillo (Pachuca, Hidalgo, 1988). Doctora en Ciencias Sociales por la Universidad Autónoma del Estado de Hidalgo. Autora de La noche nunca termina (2019), obra ganadora del Premio Estatal de Cuento Ricardo Garibay 2018. Es una de las ganadoras del Segundo Concurso Nacional de Cuento del proyecto Escritoras Mexicanas (2019). Ha publicado cuento en las antologías Orquesta de Memorias (2021), Lotería (2020) y la Primera Antología de Cuento de Escritores Hidalguenses (2015). Algunos de sus cuentos se han publicado en medios impresos y digitales.