JULIA IVALÚ: La niña que liberó la magia oscura interna de lxs niñxs de los noventa



Sakura Cardcaptor, la niña que liberó la magia oscura interna de lxs niñxs de los noventa

«Llave que guardas el poder de mi estrella, muestra tu verdadera forma ante Sakura,

quien aceptó la misión contigo. ¡Libérate!»

Sakura Kinomoto


Las películas de la era dorada de Disney, los clásicos de la literatura universal, las épicas de los héroes griegos, todos nos han dicho una cosa a las mujeres: quédate en casa, y si sales, ve a conquistar un hombre, punto. Mi primer modelo a seguir de niña fue Ariel de La sirenita; me inspiraba esta mujer rebelde que se aventuraba a las profundidades del mar a buscar tesoros mientras sus hermanas estaban ocupadas peinándose tranquilamente frente al espejo. “Ariel es la mejor, ella no se queda esperando a que el príncipe venga a rescatarla, ¡ella va por él, incluso a pesar de su padre!”, recuerdo que les argumentaba a mis compañeras durante el recreo. Tenía menos de ocho años (ahora veo cuán debatible era mi argumento). Y aunque, en efecto, Ariel no era Penélope esperando a Odiseo, ni Blanca Nieves al príncipe azul, Ariel salía a conquistar a un hombre, cuando ella tenía toda la capacidad de conquistar océano y tierra. Fue en unas vacaciones de verano que, gracias a mi desobediencia, me quedé despierta hasta muy tarde para conocer a la que se convertiría en mi segundo modelo y más importante modelo a seguir: Sakura Kinomoto.

En esa época instauré un pequeño ritual a las cuatro de la mañana, el cual consistía en dos cosas: aguantar despierta hasta esa hora, y poner en la tele Cartoon Network para ver Sakura Cardcaptor (¿por qué a las cuatro de la mañana? Bueno, porque yo no me enteré, hasta mucho después, que también pasaba en la tarde y en la madrugada tan sólo era la repetición). Para mí, ver a una niña de mi edad usando magia y salvando a la ciudad ficticia de Tomoeda, yendo sola a la escuela en patines, cosiendo ositos, inteligente y buenísima en los deportes, era Wow, mi modelo a seguir.

Para lxs que recuerdan vagamente, esta serie de los noventa creada por las CLAMP, cuenta la historia de Sakura Kinomoto, una niña de diez años que encuentra el Libro de Clow en la biblioteca de su padre —arqueólogo—, un libro mágico que en su interior contenía las cartas Clow, las cuales accidentalmente manda a volar (de forma muy literal), convirtiéndose así en una cardcaptor, o sea, cazadora de cartas. Estas cartas poseen poderes mágicos que, al no estar selladas en el libro, empiezan a causar calamidades, y Sakura tiene la tarea de recolectarlas nuevamente con la ayuda de Kerberos, uno de los guardianes de las cartas.

Creo que actualmente cada vez abundan más las heroínas que no necesitan disfrazarse de valores masculinos (súper fuertes, súper agresivas, etc.) para emprender su propio viaje heroico, pero de eso tiene muy poco. En la década de los noventa, Sakura, al menos para mí, fue un parteaguas en la narrativa que me contaba a mí misma sobre cómo debía ser si quería tener una vida llena de aventuras y lograr conquistar un reino para mí. Yo crecí creyendo que si quería eso, debía ser más “niño”, ser ruda, preferir el pantalón antes del vestido, leer en vez de ir a hacerme las uñas o preocuparme por cosas como maquillaje o la cocina. Porque me enseñaron que eso era lo “femenino”, y obvio, eso significaba ser trivial y poca cosa.

Sin embargo, Sakura lanzó una luz que vislumbró en mi infancia un camino diferente. Porrista, usando vestidos pomposos (no sólo uno, sino que uno nuevo cada capítulo), cocinando para las personas que le importan, Sakura devela un heroísmo femenino que nos enseña que se pueden querer vestidos bonitos y al mismo tiempo poseer un gran poder, inteligencia, intuición y cariño. Un poder que, además, no se nutre haciendo menos a otrxs, ni busca aplausos ni elogios; un poder cuyo centro radica en las relaciones con lxs demás, en el cariño, amor y confianza que cultiva con quienes la rodean, pero sobre todo, en la autovalidación de la fuerza que posee una misma.

Ella no sale a conquistar un hombre, aunque no por ello el amor de pareja le es ajeno. Porque a veces pareciera que en orden de ser una mujer feminista, una heroína feminista, tenemos que achicharrar nuestro corazón y nuestras emociones y pensar simplemente en el éxito que podemos alcanzar (el feminismo mal entendido). Qué idea tan peligrosa: con el fin de recuperar un pilar fundamental nuestro, que por tantos años se nos ha arrebatado (la autonomía de ser nuestras propias heroínas y narradoras de nuestras propias historias), eliminamos otro pilar importantísimo para cualquier persona: la capacidad de cultivar relaciones humanas profundas. Es el camino fácil, matar al amor; pero está otro, el redefinir el amor, las relaciones. Es mucho más complicado cuando a diario se nos sigue bombardeando con las falsas ideas del amor que nos orillan a relaciones resquebrajadas. Redefinir el amor para no matarlo, de hecho, es un viaje heroico en sí mismo.

Y no me refiero solo al amor de pareja, también al amor entre amigxs, entre familia. Sakura tiene un círculo de confianza y red de apoyo muy bello y fuerte en sus amigas Rika, Naoko, Chiharu y, por supuesto, Tomoyo. Esta última siendo un ejemplo de amor platónico y amistad inconmensurable. Qué maestría de las CLAMP que lograron hilar de forma tan fina y natural relaciones LGBTIQ+, sin esos intentos forzados que existen incluso en series más recientes. Tan así, que en mi infancia, aunque definitivamente no era “lo normal” para mí ver, por ejemplo, cómo Syaoran tenía un crush con Yukito, o cómo Tomoyo veía con un amor más allá de la amistad a Sakura, la narrativa se manejaba de forma natural, sin un especial énfasis en estos momentos, pero tampoco queriéndolos ocultar. En consecuencia, yo, como espectadora, lo aceptaba como parte de la historia, sin percibir alguna connotación negativa o escandalosa.

Aunque las CLAMP son conocidas por dar voz y vida a relaciones no heteronormadas, donde el género y la edad no son barreras para el amor, no hay que perder de vista que, así como se normalizaron relaciones LGBTIQ+, había otras que resultan bastante perturbadoras y que igual normalizaron: la relación entre Rika, una niña de diez años, y su profesor Terada. Aunque en el anime se disfraza como relación platónica de Rika hacia su profesor, en el manga el profe le propone matrimonio a Rika al salir de la primaria. Como dato, la edad legal para casarse en Japón es los dieciséis, pero dependiendo del estado, puedes comprometerte desde los once. Claro que el hecho de que sea ley nunca ha sido garantía de que sea “correcto” o “justo” o que no se pueda poner en tela de juicio.

Otro ejemplo de ello es la relación entre el padre de Sakura, Fujitaka, y su madre, Nadeshiko. Él, con veintisiete años y siendo, también, profesor de Nadeshiko, le propone matrimonio y se casan tan pronto ella acaba la secundaria, a sus dieciséis años. Aunque la serie nos muestra a Fujitaka como un padre amoroso, atento, comunicativo, que reparte las actividades domésticas por igual entre él, su hijo mayor, Touya, y su hija menor, Sakura, habría que cuestionarnos las relaciones de poder entre Terada-Rika y Fujitaka-Nadeshiko quienes, además, utilizan frases clichés bien peligrosas como “eres demasiado madura” o “caíste del cielo como un ángel”, frases con las que crecemos y nos sentimos fascinadxs.

Volviendo a los aciertos de las CLAMP, en la serie nos muestran otra forma de ser familia, donde el hogar no depende exclusivamente de la capacidad de equilibrista de circo de la madre y ella sola tiene que malabarear con lxs hijxs, el marido, los padres, los deberes, el trabajo, etc., sin despeinarse ni desmoronarse. Aquí todxs los miembros de la familia aportan a los deberes de la casa y todxs tienen su autonomía. Los padres no andan detrás de los hijxs y aun así los hijxs son autosuficientes (dentro de sus limitaciones al ser todavía niñxs). Podría parecer una locura, pero a mí (tristemente) me sorprendió mucho más esto que el ver relaciones de pareja con grandes brechas generacionales.

Otra cosa que vale la pena rescatar y, en lo personal, la que me hizo volverme fan de Sakura, es el énfasis que hace entre el balance y conexión de la filosofía occidental y la oriental. Clow, el mago creador de las cartas y de los guardianes Kerberos y Yue (representando respectivamente al Sol y a la Luna, Occidente y Oriente, Luz y Oscuridad, Masculino y Femenino), tenía ascendencia china por parte de su madre, e inglesa por parte de su padre, logrando así desarrollar su magia influida por ambas cosmogonías, lo que lo convirtió en uno de los magos más poderosos de todos los tiempos. Esto toma relevancia en la historia de Sakura, porque la vemos invocar los poderes de la oscuridad cada que utiliza su báculo mágico: “Llave que guardas el poder de la oscuridad, muestra tu verdadera forma ante Sakura, quien aceptó esta misión contigo”.

Sakura es, después de todo, una bruja, una maga que utiliza los poderes ocultos y luminosos para conocerse más, para adentrarse en la inmensidad de sus capacidades cada que captura una carta Clow, luego, cada que convierte una carta Clow en carta Sakura y, más tarde (en Clear Card) cada que hace sus propias cartas. El poder de lo oculto, aquello que no vemos pero que no por ello no existe. Sakura es, otra vez, lumbrera de un camino olvidado por muchxs, una llama oscura y silenciosa que nos ayuda a ver con ojos oníricos otra forma de ser, en donde, si queremos seguir creciendo, debemos abrazar tanto la luz como la oscuridad. Una oscuridad que, simbólicamente, nos acerca a nuestro lado femenino: lo oscuro, lo subterráneo, la materia, mater, la madre.

La madre es abundancia: constantemente se hace referencia al enorme poder que tiene Sakura, incluso más poderosa que los magos del Clan Li, la familia de Syaoran, y más aún, que el propio mago Clow. Recordemos la capacidad de nutrir de Sakura. A lo largo de toda la serie, la comida juega un papel importante en el desarrollo emocional de las relaciones entre los personajes (cocinar el almuerzo para alguien, preparar chocolates para alguien, hornear un pastel para alguien). Sakura se rodea de gente que la ama y que la nutre porque ella misma nutre a los demás.

Sakura nos muestra un arquetipo de la madre no fragmentado ni magullado. Su apellido, Kinomoto, significa “el origen del bosque”, siendo este otro gran símbolo de lo materno. Y Sakura, que simboliza el poder, la fortaleza, la belleza, la fertilidad y la sexualidad femenina. Hago, como siempre, hincapié de que lo femenino lo tenemos todxs, no sólo las mujeres, aunque históricamente se le ha asociada a ellas y degradado progresivamente en pro del fanatismo de lo masculino. Y eso me lleva a mi último punto, otro de los grandes personajes de la serie: Syaoran Li.

Recién dije que Sakura representa lo femenino materno, pero más precisamente, representa el viaje hacia lo femenino materno. Un ser de mucha luz, mucho sol, que asume su oscuridad y su luna. Simbólicamente, con quien logra esa integración es con Syaoran. En el caso de Syaoran, simbólica y mágicamente, su poder proviene de la luna. Además, como sabemos, Syaoran crece en un ambiente matriarcal, con su madre siendo la jefa de la familia, y rodeado de cuatro hermanas mayores. Si las CLAMP no juntaron a Tomoyo con Sakura no fue porque Tomoyo también fuera mujer, sino porque aquella persona con la que Sakura podía integrarse, simbólicamente hablando, era con Syaoran. Y así como Syaoran ayuda a Sakura en su viaje hacia la luna, Sakura guía a Syaoran en su viaje al sol. Cada unx lo recorre solx, pero su compañerx es quien les ayuda a esbozar un camino.

Lo que hace tan fuerte a Sakura, a diferencia de un sinfín de heroínas heteropatriarcales, es el apropiamiento de su oscuridad, de su feminidad, misma que la lleva a la luz de su propia estrella: “llave que guardas el poder de mi estrella, muestra tu verdadera forma ante Sakura, quien aceptó esta misión contigo”. Ariel, al final, deja sus aventuras en las profundidades oscuras del mar por ir a conquistar a un hombre; Sakura, aunque le teme al oscuro abismo, baja, llega al fondo y así logra iniciar el viaje donde encuentra su estrella.



Julia Ivalú (Ciudad de México, 1994) Escritora, poeta y artista audiovisual feminista. Licenciada en Animación y Arte Digital por el Tec de Monterrey. Colaboradora en La Coyol Revista Literaria, Anfibias Literarias y autora de cuentos interactivos en Pathbooks. Publicada en las antologías de Vita Contemplativa: Los invisibles (2018), Teatro Mínimo (2019) y Cuerpo o Inferno (2020). Cuenta con diplomados en Danza Terapéutica Humanística, Antropología del Arte y Escritura Literaria. Imparte talleres de narrativa y mitología. Ganadora del 1er lugar a la mejor obra en Casa Lamm en el 2015 con el video performance y foto collage Soy una cosa que crea. Ganadora del mejor cuento en el 2016 con su lectura en voz alta en el teatro del Museo Soumaya.