KIANNY N. ANTIGUA: Juego de muñecas


Crédito de ilustración: Nathalie Rodríguez


Juego de muñecas

Cuando era niña me encantaba jugar con muñecas: hacerles ropa, vestirlas, peinarlas e imaginarles mundos maravillosos.


Me robaba las medias nailon de mi abuela y les hacía vestidos pegaditos a mis barbies, ah, porque solo me gustaba jugar con barbies; las otras muñecas no eran tan lindas como las barbies y no eran flacas como las barbies y no eran blancas como las barbies ni tenían el pelo bueno como las barbies. Las barbies eran hermosas y a mí me encantaba jugar con ellas.


Cuando mami se fue en yola para Puerto Rico, lo único que le pedí fue que cuando volviera me trajera muchas barbies nuevas porque, aunque yo cuidaba mucho las dos que tenía, ya se estaban poniendo feas; una tenía el pelo muy corto porque un día se le enredó y tuve que cortárselo para quitarle el nudo y ahora el pelo se le para. A la otra Ivé me le mordió las manos, aunque todavía ella dice que no fue ella, yo sé que sí fue ella, por eso le quemé la camisa del uniforme de la escuela y después, como me dieron una pela por su culpa, le ahogué el gatico que le regaló su madrina



Eso, que lo único que yo quería era que mami me trajera un reguero de barbies de Nueva York y me aseguraba de recordárselo cada vez que llamaba; hasta que dejó de llamar y ya. Lo bueno fue que un día vino mi tía, la mamá de Ivé, de Curazao a visitar.


Aparte de venir bonita, con el pelo planchado y todo, nos trajo ropa y una barbie a cada una. Lo único fue que la muy maldita trajo una barbie blanca y una negra y le dio la blanca a Ivé.


—Pero Ivé es más prieta que yo.


—Sí, pero es más chiquita. Además, las dos muñecas son lindas y tienen hasta la misma ropa.


Y era verdad, las muñecas eran igualitas, como si hubieran sido gemelas, pero a una la habían dejado quemar en el horno. Hasta tenían el mismo vestido largo y rosado. Pero a mí no me importaba, la mía era negra y esa azarosa de Ivé me la iba a pagar. Y se lo dije, «sigue ahí privando, que tu mamá se va otra vez». Y qué hizo ella, nada, que siguió juega que juega con su muñeca blanca, sentándola debajo de la mata de Dalia, poniéndola a caminar en el aire para que no se le ensuciara el vestido, metiéndola a bañar en cueros en el tanque de agua, echándome envidia nada más porque su mamá estaba ahí, bañándose con ella, peinándola con unas gotitas olorosas (no la mierda hedionda a coco que me ponía mamá en al cabeza que no desenredaba nada, solo le dejaba la cabeza grasosa y chorreando a una). También nos llevaba a comer pizza y helado. Yo iba porque esos días mamá no cocinaba, pero se las iba apuntando una a una a Ivé, una a una.


Y como todos sabíamos, a las dos semanas, su mamá se volvió a ir y la dejó a ella solita como al gato. La barbie negra la descocoté y, al final, me quedé con tres.



Microrrelato perteneciente al libro Bestezuelas (Isla Negra Editores, 2022)

Kianny N. Antigua [República Dominicana, 1979] Narradora, poeta y traductora. Es profesora adjunta titular de español en Dartmouth College y trabaja como traductora y adaptadora independiente para Pepsqually VO & Sound Design, Inc. Antigua ha publicado veintitrés libros de literatura infantil, cinco de cuento, dos poemarios, una antología en dos idiomas, un libro de microficción, una novela y una revista. Ha ganado dieciséis premios literarios y sus textos aparecen en diversas antologías, libros de texto, revistas y otros medios. Algunos de sus relatos, además, han sido traducidos al inglés, al francés y al italiano. Ha traducido textos juveniles y para adultos y álbumes infantiles de escritoras como Angie Cruz, Ruth Behar, Lilliam Rivera, Lissette J. Norman y Lorgia García Peña.